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Las grandes altitudes, entre 1.524 y 3.505 metros por encima del nivel del mar, pueden pasar factura al cuerpo humano. El síntoma más común es la falta de aliento, que se debe a la menor presión atmosférica. A esas alturas, como las moléculas de aire están más dispersas, se puede inhalar menos oxígeno. Para compensarlo, aumenta la frecuencia cardíaca y el cuerpo produce más glóbulos rojos, lo que facilita el transporte del oxígeno por el organismo.
Los bajos niveles de humedad a gran altitud también provocan que la humedad de la piel y los pulmones se evapore más rápido, con el riesgo de deshidratación. La cara, las piernas y los pies pueden empezar a hincharse, ya que el cuerpo retiene líquidos guardando más agua y sodio en los riñones. La dificultad para dormir también es habitual y los síntomas pueden empeorar a medida que se asciende, produciéndose cambios de humor, dolor de cabeza,mareos, náuseas y pérdida de apetito.
El mal de altura puede tener efectos graves en el cuerpo humano. La única forma de aliviar los síntomas es descender a menor altitud.
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